Empecé creyendo que todo lo que realmente quieres se
cumple, y terminé cumpliendo cada uno de mis sueños. Quise ser salvavidas, y
terminé necesitando que la gente que más me quería me salvara.
Pude ver en la cara
de mis mejores amigas lo que es estar a punto de cumplir un sueño, y aprendí
que vivir para trabajar es de lo mejor que te puede pasar si después, terminas
celebrándolo con quién más quieres. Conocí a gente que supo sacarme sonrisas
cuando nada bueno tenía, y sinceramente, estas mismas personas fueron las que
me enseñaron que ahogada no se puede vivir.
Acepté proyectos que
jamás hubiera aceptado si no hubiese estado rota, y bailé con la soledad cada
domingo, en este pequeño blog.
Quise avivar una
llama que hace tiempo se apagó, y fue esta llama la que me avivó a mí para
volver a empezar a apostar por aquello en lo que hace años había dejado de
creer.
Aprendí que
marcharse, es otra forma de acercarse y conocerse. Aprendí que la tristeza no
es eterna. A llorar ya sabía, pero aprendí a hacerlo a escondidas, por miedo de
hacer daño a quien me quiere.
Pero ante todo reí, y
pude liarla junto a mis mejores amigas en los pasillos de la universidad, en
las calles de Madrid, Oporto o Segovia. Porque a enredar el mundo lo he
aprendido con vosotras; a valorarme más, también me lo habéis enseñado vosotras
y juntas vamos a llegar hasta donde nos propongamos.
Quise que el mundo
frenara y dejara de ir tan rápido, porque estaba cansada de llegar ahogada a
los sitios, pero esto nunca sucedió; y entonces, fui veloz como una fiera.
Hemos conseguido
viajar, después de 8 años juntos; y sois vosotros seis los que me hicisteis ver
cada tarde, en el bar de la esquina, que, si os tengo a vosotros, no necesito
más. Y ojalá pudiera sacar más tiempo para seguir viendo cómo avanzáis. Porque
esto ya lo sabía, pero lo he reafirmado: lo de siempre, siempre es lo
mejor.
No me quedó otra que aprender a decir adiós, llorando
de rabia y llegando todas las noches a casa, buscado el calor que llevaba
dándome 15 años. Y al final, me tuve que acostumbrar a la soledad que me
produce que ya no estés, y me basta con soñarte. Aunque días como hoy, haría lo
que fuese para que volvieras a nuestro lado y así dejar de sentir por un día la
soledad. Después de más de medio año, sigo siendo incapaz de escribir sobre ti,
y espero que te baste con este poquito, pero te juro que en mi corazón está
todo el cariño y amor que te di, y no he perdido nada.
Al final, terminé aprendiendo que las cosas que no
pueden ser, simplemente no serán; que no sirve de nada amarrarte a una
estructura sin cimientos, porque más pronto que tarde se terminará derrumbando.
La palabra distancia se convirtió en una guerra, y, naturalmente, el que más
quería era el perdedor. Me acostumbré a estar sola, y en cuanto me sentí un
poco acompañada me entró miedo; no podía tener un naufragio entre mis manos, y
menos aun cuando jamás hice nada por entenderlo. Tuve que decir adiós, y esta
vez por voluntad propia; el miedo que tenía a sentir dolor en el pecho
izquierdo era tan grande que terminé ahogándome en un mar de soledad.
Pensaba que lo más doloroso era escuchar un "ya
no te quiero", pero me di cuenta que era mucho más duro el silencio que
venía después. Y es que, ante todo perdí a un amigo que seguía ahí cuando ya
todo el mundo se había ido.
Con esta historia, también he aprendido mucho, y es
que me he dado cuenta de que prohibir a la gente mencionar tu nombre no era una
solución, pues la solución siempre estuvo dentro de mí, y en ningún otro lugar.
Que los consejos de la gente no deben ser tu única guía, pues nadie como tú
conoce la situación porque nadie lo ha vivido.
He aprendido a observar lo que veo, y ya no solo miro.
La tormenta es necesaria para que aprecies al sol, y me he dado cuenta de que
tus manos ni me protegían, ni me resguardaban; simplemente desgarraban, al
igual que los cristales que se esconden bajo las alfombras y que nadie recoge.
Pues bien, yo cierro el año habiendo aprendido a recogerlos, y te juro que ya
no queda ninguno.
Hoy soy consciente de que lo único malo que hice fue
querer a alguien con la misma ilusión que un niño en la noche de reyes. Y ahora
sé que esto no es malo, sino algo precioso, y es que hay gente que se muere sin
haber querido de verdad, y yo he descubierto que no hay nada más bonito,
incluso cuando el final no podría haber sido peor.
Termino el año sin poder decir lo que siempre quise
decirte, y ahora sé que jamás te lo diré, pero ya no lo necesito.
Ni nuestro amor era tan bonito, ni tan grande. Y tú,
tampoco eres el amor de mi vida, porque me he dado cuenta de que ese puesto lo
sigue teniendo quien, hace cinco años, se acercó en una noche de diciembre
sigiloso a revolverme el corazón.
Y, aunque la distancia me quitó la amistad más real
que había conocido, en otra parte del mundo, la distancia nos hacía aún más
fuertes. Siempre he sabido que el mejor amigo es aquel que no te deja sola en
el camino, y por eso me salvó todas las noches desde octubre a diciembre, y sé
que este año seguirás acompañándome, porque a tu lado solo tengo una opción;
seguir hacia delante, y contigo; siempre.
Finalmente, aprendí que era más fácil nadar que
hundirse, que el camino a la felicidad, paradójicamente, estaba repleto de
tristeza, pero cuando alcanzas la meta has crecido de verdad; que el silencio
fueron luces de neón para el olvido y que ese mismo silencio es la única manera
de curarse.
Salvavidas, tú no lo
sabes
pero me has vuelto a
salvar
y me has devuelto a
la vida
otra vez.
Profundas palabras... Sinceramente tienes talento para escribir, debo admitirlo. He conocido a escritores, poetas, y todos escribían igual: con el corazón. Tus palabras me han llegado, porque al final cuentas lo que sientes, desde lo más profundo de ti. Queda poca gente como tú, que se exprese de esa manera, y mucho menos lo deje publicado en internet. Sigue luchando, escribiendo, cocinando y nunca pierdas esa sonrisa, al final es el reflejo de tu alma, y enamora. Una pena no haberte conocido
ResponderEliminar