“Después de comerse a besos y de sentirse como extraños en ese asiento de atrás, empezó a pensar en lo frío que era todo. En que ella no estaba hecha para lo que llevaba haciendo años. Quería querer, tener complicidad y sobre todo reír. Le pusieron la mano en la pierna, y lo único que sintió fue frío. Tardó solo un minuto en volver a vestirse y en volver a poner sus sentimientos en orden. No quería tener otra vez lo que tuvo
Una hora después, ya en su casa, se dio cuenta de que jamás había existido esa magia de la que habla Pereza en algunas de sus canciones; solo una especie de pasión que no se parece en nada a la que había vivido con esa otra persona. Aquella noche se dio cuenta de que no quería unirse a otro cuerpo, ni quería a alguien que la llevase a lo más alto para luego ahí empujarla al vacío. Quería ser feliz, y eso solo lo conseguía volviendo a ser esa niña que escribía todos los domingos, que se paraba a mirar el paisaje cada noche, convencida de que aquello que estaba viendo no podía ser más bonito.”
Finalmente lo comprendió: no juegues encima de una cicatriz que no está curada del todo, deja que se termine de cerrar y luego, cuando todo esté en orden y el paisaje sea como recordabas, vuela otra vez.
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