viernes, 5 de octubre de 2018

Y cuando no quede nada, todo.

Aquel día empezaste, sin tú saberlo, una de las mayores guerras.
Terminé uno de los mejores libros que he leído, rompí mi botella de agua favorita y tiramos -esta vez en plural- lo más preciado que teníamos. Te pedí mil veces una tregua, y me repetiste mil veces que no me la darías. Claro, esto me lo dijiste entre líneas, y yo entonces no sabía leer(te). Me fui a la cama con la conciencia más tranquila que nunca, echando de menos a los personajes de mi libro favorito y pensando en los trozos de cristal que me había clavado. Pero no pensé en ti, ni tampoco en mí. Ojalá algún día sepa en qué momento dejó de ser nosotros.
Lo que siempre te dije, pero tú nunca entendiste, es que es importante el tiempo que le dedicas a una persona, pues éste, junto con los actos será lo más importante una vez echemos la vista atrás. No te culpo, pero tú, al igual que yo, tampoco sabías leer entre líneas. Y fue entonces cuando nos dejamos ir.
Pensaba que en la vida de una pareja, tarde o temprano, llega un día donde se tocan por encima del mantel y ya no se sienten; están tan acostumbrados a tenerse que han dejado de valorar las cosas que les unen, el tiempo dedicado y han olvidado que las cosas que les diferencian, les acercan más. Aunque también creía que eso les pasaba a las parejas normales; los que no se reían, los que no se querían y los que no daban nada el uno por el otro. Ahora no paro de preguntarme qué tipo éramos nosotros; pues dejamos de reírnos hace días, dejé de sentirme querida hacía semanas, y no sé en qué momento empezamos a darnos.
Quizás el error fue mío, por pensar que éramos una pareja distinta al resto, de ésas que lo hacen todo del revés.

Si ya no hay ganas,
no queda nada.


No hay comentarios:

Publicar un comentario