domingo, 5 de noviembre de 2017

Hoy, tarde como siempre y puntual como todos los domingos, mi corazón ha vuelto a echarte de menos. Y no, no es la primera vez que lo hace, pero ojalá lo fuera. Pero es que hoy, después de cinco años, alguien ha resumido tu noria de vida en un café, y me dicen que ahora fumas demasiado, y que en el fondo sigo siendo tu refugio favorito, y que, más aún en el fondo, sabes que tú sigues siendo el mío. Y me doy cuenta de que llevas razón, que siempre que algo me agobia, me enfada o me quita el aliento, pienso en que nada se compara a lo que tú y yo vivimos, que a nadie quise más y que nadie me hizo tanto daño.

Y créeme, ésta es otra forma de curarse.

Hoy, como todas las semanas, he pasado por delante de tu casa, y he de confesar que siempre he querido pararme frente a tu portal para que me explicaras lo que llevo años intentando entender. Por qué, y no por qué te fuiste, ni por qué me mentiste, sino por qué no me perdonaste tú a mí, cuando debía ser al revés. Y hoy me he atrevido, y sentada frente a tu portal, nos he visto; la primera pelea, la mejor noche y la peor mañana. El primer portazo y el último. Aquella que fue mi segunda casa durante años, y yo, tu segunda opción durante meses.
Sabría que te vería, porque te conozco, y sabría que me entenderías, porque me conoces. Y en ese preciso momento, el mundo desaparecería, y entendería por qué, y tú, después, también lo entenderías.

Hoy, tarde como siempre, mientras esperaba en tu portal a que mi vida volviese a ser la de hace cinco años, te he visto. Entonces, me he dado cuenta de que jamás he vuelto a querer esa vida, ni nada que se le parezca.


Ni me gusta, ni me conviene.
Y me he ido,
por donde he venido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario