sábado, 15 de marzo de 2014

Hace tiempo que no pienso en tu cornada... hace tiempo que lo echo a cara o cruz.

Sí, podría darte mi número, y pasarme noches contando los lunares de tu espalda. También podríamos ser agua, o ser de los que se quieren con locura pero nunca lo reconocen. Al principio las ganas de besarnos serían locas, pero después las ganas de ignorarnos ganarían a todo. Los días a tu lado serían lo mejor, y las noches inolvidables, pero llegaría el día que me pusieras la mano en la pierna y yo no lo sentiría. Y dejaríamos de lado los comentarios de los demás, y de paso las ganas. Cambiaríamos el te tengo ganas a mejor lo dejamos para otro día. Y finalmente llegaría el verano. Y diríamos mejor lo dejamos para Septiembre. Y pasarían los otoños como pasan los veranos, como pasan las horas, como pasan los trenes que no cogemos. Pasaría. Y un día, en ese vagón de metro que conecta tu sonrisa con mis ojos nos encontraríamos, y nos daremos cuenta de que sí, que nos queríamos. Y el mundo volvería a ser de color, y nosotros un poquito más triste de lo que ya somos.

Y por eso no, no voy a darte mi número. Ni mis ganas de querer, ni de sonreír. Porque ya he tenido una de esas historias que empiezan bien y acaban mal. Y no me apetece querer a nadie, no me sale. No quiero.

domingo, 9 de marzo de 2014

No, ya es tarde.

Qué ironía, sale el sol y en mi corazón llueve. Y diluvia. Bueno, no sé por qué me sorprendo, todos los años es la misma historia. Hoy estabas sentado en la mesa de la cocina. Me preguntaste por las notas, los amigos, la salud... te miento, como cada semana, como cada mes, como cada día. Odio filosofía, pero tú ya lo sabes y te ríes. Como cuando me volviste a ver ese 3 de diciembre, las peores 8 horas de tu vida, y de la mía. He conocido a un buen chico, te gustaría. Y te vuelvo a mentir. Ya he perdido la cuenta de las veces que lo he hecho hoy.
¿Te vienes? No, ya es tarde. Y te miento un poco más.

sábado, 8 de marzo de 2014

Pero ahí estoy, dejándome llevar.

El día de hoy será recordado como el sábado que dejé de echar de menos los sábados a tu lado. La hipocresía se acomodaba en el sofá, el odio y el rencor no importaban, sabíamos dejarlos encerrados en nuestras habitaciones. Todos los días me repetía veinticinco veces qué pasará cuándo no haya ganas como siempre sigues siendo mi número favorito y nada. No pasó nada. Porque siempre fingíamos, siempre nos dábamos besos sin ganas y siempre siempre nos mentíamos antes de dormir.
Hay algo que te escribí en la última carta, un mensaje entre líneas, pero como siempre tú nunca supiste entenderlo. De cada veinticinco errores que tú cometiste, yo cometí veintiséis. Y qué bien sienta reconocerlo, joder. 

domingo, 2 de marzo de 2014

Al final de toda historia viene un vacío inmenso, y ese es el momento en el que decidimos de qué rellenar ese hueco. Recuerdos, reproches, culpa... todo se resume en que os habéis perdido. ¿Y sabéis qué? qué lo que importa no es fallar al tonto de la esquina, es fallarse a uno mismo. Y yo ya estoy cansada de fallarme en todo momento.