Te fuiste porque te lo pedí, y ni siquiera pediste perdón. Te fuiste como se van las cosas más bonitas; el sol de la mañana más brillante; el amor del verano de tu vida y los besos robados en cualquier portal de cualquier barrio de Madrid. Te fuiste porque, cansada de no poder solucionarlo me rendí, y en ese portazo se cayeron mis sueños y las ganas de querer a cualquier otra persona. Te fuiste y te llevaste todo, lo único que me dejaste fue la soledad. Soledad que aún hoy sigue en tu lado del sofá.
Te fuiste porque estaba segura de que aprenderías a solucionar los problemas más grandes y volverías.
Pero no volviste. Y no volviste porque te diste cuenta de que, a veces, volar solo es mejor que volar llevando a cuestas problemas que llegados a tal punto no tenían solución. Y aún hoy, cuatro años después, me pregunto si tú también, de vez en cuando, te acuerdas de mí. Te prometo que sigo visitando nuestros sueños, los que cumplimos y los que no, y sigo siendo la persona menos feliz y con más miedos.
Te fuiste, y no me quedaron ganas de seguir
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